domingo, 1 de agosto de 2010

La conspiración del destino

Estoy sentado en el bus camino a mi casa, cuando sube una señora de edad ayudada por una joven con discapacidad mental de unos 15 años, ambas se ven de escasos recursos materiales. La señora se sienta enfrente de mí y la joven por un sitio de atrás. Por algún motivo la escena me llama la atención, pues es una señora con una expresión tierna pero a su vez, se nota que tiene una vida muy complicada y sufre mucho. La señora mete las manos en los bolsillos y saca varios centavos y comienza a contarlas, separa el pasaje para ella y su acompañante, saca un chicle y comienza a cantar en voz muy baja. Por momentos no puedo evitar verla, expresa una dulzura única, canta en voz baja pero con mucha energía, mueve un poco sus brazos como si fuese a aplaudir y sonríe como una niña.

Siento la necesidad de hablarle, de conocerla un poco y tratar de aliviarle en algo sus pesares. Nuestras miradas se cruzan y le sonrío y ella me devuelve la sonrisa. El camino sigue y el cobrador pasa cobrando el pasaje, solo le cobra el importe de un pasajero a la señora en vez de los dos, y la señora en agradecimiento le invita un chicle. Siento más ganas de hablarle pero no soy de fácil palabra.

Es aquí cuando el destino conspira a mi favor, una chica baja del carro y se le atraca el taco, grita un par de lisuras y ella misma se ríe de su situación. Todos en el carro se ríen, incluyendo a la señora, quien continúa riéndose y repitiendo la situación para sí misma. Me mira y me repite: "La señorita con su taco"y vuelve a reir. Yo también me río y me comienza hablar, dice que me parezco a un personaje de la televisión y que ella trabaja lavando y cuidando carros en la salida de un canal. Me cuenta a qué actores ha visto y como algunos se comportan con ella, de las personas que la han ayudado, de su sobrina enferma, de todo el recorrido que tiene que hacer para llegar a su casa ubicada en un publo joven, sin servicios públicos. Se pone un poco triste con lo que me cuenta y me dice que ella es como el payaso, sonríe por fuera pero llora por dentro, no sabe cuál será el futuro de su sobrina enferma, pues no tiene a nadie.

Nunca había escuchado a una persona así, con tantos problemas, tantos años y aún con la fuerza de un joven de 20 años para cambiar las cosas, con un toque de positivismo ante todos los problemas, de sacar la bueno de cada cosa y reirse. Me contaba todo con la serenidad que solo la verdad da, no resignada pero ya acostumbrada a su realidad.

Es un momento único para mí, los dos conversando emocionados con los ojos humedecidos, yo solo tengo palabras para felicitarla y darle esperanza. Llega el momento en el que tengo que bajar e hice algo que siempre había querido hacer, agarré mi billetera y saqué todo lo que tenía y se lo dí. La señora se emociona y me despido de ella con un abrazo y un beso en la mejía.

Bajo del carro y comienzo a llorar de felicidad, literalmente lloro y no dejo de sonreir. Le agradezco a Dios por ese momento, y entiendo en ese instante que realmente debo de darlo todo, no el dinero sino la vida. Dar la vida por la vida, y mientras esté dispuesto a hacerlo tendré al destino conspirando a mi favor.